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La escritura y yo: una relación complicada (pero duradera)

  • Foto del escritor: Lorena
    Lorena
  • 10 feb
  • 2 Min. de lectura

Hubo un tiempo en el que pensaba que escribir iba a ser otra cosa.


No más fácil, pero sí más clara, ordenada. Más parecida a esa imagen romántica que tenemos de alguien sentado frente a una mesa, con una idea brillante y la disciplina suficiente para llevarla hasta el final.


Nada de eso pasó así.


Cuando empecé a escribir, la escritura y yo tuvimos una relación bastante incómoda. Yo quería resultados; ella me devolvía dudas. Yo buscaba certezas; ella insistía en hacerme preguntas. Durante mucho tiempo sentí que fallaba en algo que, se suponía, debía salir de manera natural.


Al principio, creí que el talento bastaba. No porque fuera soberbia, sino porque me lo habían enseñado de esa manera: “uno nacía para ciertas cosas”. Descubrir que no era así fue, probablemente, la parte más frustrante del comienzo.


Con el tiempo entendí que no era un problema de talento ni de ganas, sino de expectativas.


Escribir no era sentarme y producir páginas “correctas”. Era aprender a tolerar la incomodidad de no saber, de equivocarme, de avanzar sin garantías. Y eso fue un golpe bastante duro.

 

Cuando publiqué por primera vez, pensé que todo iba a acomodarse solo. Que al cruzar esa línea —la de “autora publicada”— iba a sentirme distinta, más segura, más preparada. En cambio, aparecieron nuevas preguntas, nuevos errores y una sensación muy clara: nadie te explica realmente cómo es este camino hasta que ya estás metida en él.


Aprendí muchas cosas a los palos. Tomé decisiones apuradas, otras demasiado conservadoras. Me comparé más de lo que debería. Dudé incluso de si tenía sentido seguir. Hubo momentos de entusiasmo y otros de cansancio real, de esos que no se resuelven con frases motivacionales.


Lo curioso es que, incluso en los momentos más difíciles, nunca dejé de escribir del todo.


Hoy, mirando hacia atrás, veo con claridad algo que en ese momento no podía: la escritura no se volvió más fácil, pero yo sí me volví más honesta con ella. Dejé de pedirle que me validara y empecé a usarla como herramienta. Para pensar, para ordenar, para entenderme.


Sigo dudando y corrigiendo más de la cuenta. Aún hay días en los que nada fluye, pero ya no interpreto eso como un fracaso. Es parte del proceso, no una señal de que debería abandonar.


Si algo aprendí en estos años es que escribir no es una línea recta ni una identidad fija. Es una práctica. A veces constante, a veces interrumpida, pero siempre viva mientras uno decida volver.


La escritura y yo seguimos discutiendo de vez en cuando, pero ya no espero que sea perfecta. Me alcanza con que sea honesta y persistente. Eso, al final, es lo único que me permitió llegar hasta acá.


Si bien este viaje aún no termina, ya vislumbro qué voy a encontrar al final: lo mismo que al inicio, mi amor por los libros. Y aunque no sea un texto sobre cómo escribir, ni un manual técnico, la lectura que siempre regresa a mí a través de los años es El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell.


Tapa El héroe de las mil caras

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Porque nunca estamos, ni luchamos, solos. Y cada tanto es bueno recordarlo.



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